jueves, 30 de julio de 2009

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Nueva foto de cabecera
Antes de iniciar la entrada, informo del cambio de foto de portada. Es una paraje invernal con arco iris en un lugar del valle donde me refugio. El título, "Junto a Gargantilla". Fue tomada en marzo de 2005. Es decir, antes de que el blog "Al margen" naciera. Se la dedico a todos mis pacientes lectores.

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A veces, hay circunstancias que te llevan a los lugares en los que fue la vida en una edad lejana. Las obras en casa, esa servidumbre que cada cierto tiempo se desploma sobre nosotros, nos han obligado a vivir, durante unos días, en la casa de un familiar próximo, en otra casa, en otro barrio de Madrid. Digo otro barrio pero, en el fondo, se trata de mi barrio: sí, de ese del que he hablado en algunas de mis entradas, en el que que viví a partir de los 12 años, de ese escenario, casi siempre invernal (¿por qué?, me he preguntado algunas veces), que de vez en cuando aparece en mis poemas o en mi obra narrativa, sobre todo en Los filos de la noche (1989), en Una mirada oblicua (1995) o en El lento adiós de los tranvías (1992): la UVA de Hortaleza. Un barrio descuartizado, irreconocible, en el que, entre espacios libres que comienza a poblar el matorral y el cardo, se levantan nuevos bloques de viviendas en los que se alojan los antiguos residentes y donde sobreviven, todavía, deteriorados, a punto de demolición, algunos de los viejos bloques de dos plantas y terraza corrida.

Y he recuperado el viaje en autobús desde ese barrio a la plaza de Cibeles. Mi mirada ha vuelto al paisaje urbano que discurre a lo largo de López de Hoyos. Todo ha cambiado: nada permanece fiel a mi recuerdo, a la memoria de aquel escolar que soñaba con ser algún día escritor, que vivía y estudiaba a la sombra de un padre carpintero, de una izquierda entre lo clandestino y lo asustado, y de una madre apenas visible. Han desaparecido los cines (el Pinar, el Covadonga, por un tiempo, filmoteca, el López de Hoyos, el Ciudad Lineal, el Hortaleza…), las viejas casas que aún respiraban los aires de un posguerra tardía han sido suplantadas por nuevos bloques, el pinar del Rey, un pinar acostumbrado a las meriendas y a las excursiones que llegaban del centro de Madrid, a las modestas fiestas veraniegas de tortilla y pick-up, ha sido cercado por el hormigón, el parque nuevo de las primeras fiestas de Distrito, oh caseta del PCE, la celebración de la primavera en el barrio con la Asociación de Vecinos (reproduzco, foto en blanco y negro, como una reliquia, la imagen de aquella fiesta remota), noches de tinta y sueño hasta la madrugada, se ha consolidado, los árboles han crecido hasta convertirse en gigantescas masas vegetales y las curvas donde López de Hoyos descendía hasta el Abroñigal ha sido sustituidas por el puente metálico sobre la M-30 que enlaza Ramón y Cajal con Concha Espina.

Todos llevamos un acarreo de momentos, felices o menos felices, vinculados a escenarios urbanos o a paisajes rurales. En este viaje en autobús he recobrado la memoria muerta de los últimos tranvías de Madrid, el despertar del amor entre los pinos de la Ciudad Lineal, el reparto de periódicos clandestinos en una calle apartada en la trastienda de la colonia de los taxistas (no he olvidado a aquellos hombres, trabajadores de la construcción, de artes gráficas o de banca, que recibían su ración de Mundo Obrero sobreponiéndose al miedo y soñando con un mundo nuevo que la realidad se encargaría de convertir en quimera), los merenderos donde bailábamos las canciones entre horteras y pegadizas de Karina, de Los Diablos, de Los Sirex y… cómo no, de Los Brincos y de los ya universales e inconmensurables Beatles, la sucursal del banco de mis primeros años laborales…

Sé que esa memoria no es sólo mía: es colectiva, de mi generación. También sé que los escenarios que cruza el autobús que une Hortaleza con Cibeles son parte de algunas novelas de Juan José Millás, sobre todo de El jardín vacío y de El desorden de tu nombre. Pero también son parte de la conciencia de quienes, perteneciendo a generaciones posteriores, la han hecho suya a través de lecturas, de libros y poemas. Pero en estos días, esa memoria colectiva la he sentido más mía y más honda. Porque estoy siendo testigo del paso del tiempo sobre los lugares que fueron míos, sobre las calles que cada mañana, a través de la ventanilla del autobús, intento reconocer.
Nunca como estos días he recordado un poema que escribí hace tiempo y que formó parte de La densidad de los espejos (1997), “La advertencia”. Reproduzco los cuatro primeros versos:

Me avisaron: no
vuelvas a las calles
que fueron tuyas
alguna vez. Te morderá una sombra.


ASESINOS

Cuando doy por finalizada estas notas, me llega la noticia. ETA asesina a dos guardias civiles en Palma de Mallorca. El asco y la ira no pueden vencer, en mi mente, a la razón y a la inteligencia. Tenemos que acabar con ellos: la democracia, que es la razón de la mayoría y el sustento de todo humanismo, terminará por vencerlos. Con toda seguridad. Mi dolor, mi calor, mi solidaridad, mi palabra, que es lo único que tengo, vayan para los familiares y amigos de las víctimas. Y mi repulsa absoluta, mi condena, para los asesinos.

7 comentarios:

Hipatia de Alejandría dijo...

Difícil poner un comentario en un post tan duro, tan sentido.
Entiendo lo que dices sobre los barrios que desaparecen ,esa sensación asfixiante del mutismo, de la mordaza de lo que ya no queda (o será que yo lo siento así). Pero es que jode lo que desaparece, la sensación de la memoria rota justificada por lo que llaman, a veces, "desarrollo". Y es verdad que seas del país que seas, por alguna razón misteriosa, esa memoria suele suele suceder en invierno... ¿por qué será?
:)

Manuel Rico dijo...

Es cierto. La verdad es que nunca he pensado en ello, sólo me he limitado a sentir esa memoria invernal. Por algo será esa coincidencia. Probablemente, algún experto en psicoanálisis podría encontrar las razones de fondo que alientan en esa tendencia a recordar con el invierno como telón de fondo.
Sobre los barrios que desaparecen: en mi caso, aunque nunca he dejado de vivir en Madrid (aquí nací), los dos barrios que acogieron, respectivamente, mi infancia y mi adolescencia, hace tiempo que dejaron de existir tal como eran. El primero fue barrido por las excavadoras. El segundo está en proceso de destrucción. Los escenarios de mi memoria infantil y adolescente desaparecieron. Un abrazo.

Pepo Paz Saz dijo...

Hola, Manolo. Último comentario desde la placidez del veraneo. Malditos etarras y sus cómplices que jalean desde los límites de la ley y, también, los que han callado demasiado tiempo por miedo o por el qué dirán. La doble vida del "abertzale"...

Y unas gotas de comprensión sobre la tenaza del tiempo. No volverán los paisajes del pasado porque la vida no para, es una marea que nos arrastra y nos borra de los ojos las imágenes que ayer fueron verdad y hoy ya sólo viven en el profundo pozo de la memoria. Pero quedan tus novelas madrileñas, de entre las que yo prefiero "El lento adiós de los tranvías": esa Ciudad Lineal, puente de la Cea y campo del Plus Ultra incluidos. Hay un restaurante, casi en la confluencia de López de Hoyos con Arturo Soria, medio escondido, con una terracita nocturna que te hará respirar el aire de otras noches ya lejanas. A mí me ocurre en primavera, los domingos por la tarde, cuando paseo con los niños por el Campo de las Naciones y mi memoria sensorial recupera la luz, el olor y el aire de Las Cárcavas de mi infancia lejana...

Iconos dijo...

Con la guadaña de ETA sobre todos, tal y como cierras tu comentario, no puedo añadir nada nuevo que no hayamos oido a lo largo de la semana. Quizá desolación, desprecio, asco y necesidad de justicia.De tus recuerdos de infancia he de decir que, si pidieras hora con el psicoanalista, coméntale que tú rememoras tu niñez en un clima invernal y que yo recuerdo la mía con mucho viento.

Manuel Rico dijo...

Pepo, en efecto, mis novelas madrileñas (además de la que citas, pienso en "Los días de Eisenhower") tienen algo de crónica de ese tiempo y de esos lugares de la ciudad que tanto te hacen evocar tu propia infancia. Iremos a ese restaurante al que aludes. Creo que no lo conozco pero me gustaría comer en él y respirar el clima al que aludes. Quedas emplazado para acordar el día.

Iconos: tu referencia al viento me parece significativa. Aporto una idea: creo que a veces se evocan con más intensidad aquellas experiencias que nos asustaron o que nos incomodaban especialmente. En mi caso, los inviernos tenían una vertiente enormemente negativa: era el frío en una casa sin calefacción, con brasero y cocina económica, era caminar hasta el colegio con las calles embarradas, era el frío en los muslos cuando iba de pantalón corto.... En fin. Supongo que, en tu caso, el viento tiene que ver con experiencias tambén negativas. En fin, no sé... Abrazos a los dos.

Ana Livert dijo...

Sé que este blog no es el lugar para hablar de ciertos temas, pero hoy me siento un poco más triste de ser española, de vivir y participar en esta sociedad donde la inmoralidad pasa impune. He dejado de entender a mis semejantes por entenderles demasiado bien: prefieren la injustica, están de parte de ella, la votan, la llevan al poder. En el fondo todos deseamos ser Camps: recibir regalos y elevar a normalidad la corrupción. De todas formas, ¿qué podíamos esperar? Durante años, y todavía seguimos haciéndolo, hemos ignorado de donde procedían las hipotecas con las que financiábamos nuestro bienestar: de la pobreza de los otros, de su plusvaía, de su sufrimiento.
Lo siento. Un abrazo.

Manuel Rico dijo...

No te preocupes, Ana Livert (sigo dándole vueltas a tu identidad, conozco varias anas, pero no me cuadra ninguna con tus comentatios) por la naturaleza de este blog. Cabe peerfectamente tu comentario. Siento la misma indignación que tú. Espero que el anuncio de la Fiscalía anticorrupción de recurrir la decisión de estos jueces-cómplices ante el Supremo, deje clara, en el futuro, la inmoralidad de Camps. En todo caso, el tono perdonavidas con que se expresan él y sus amigos indica que siempre se han sentido dueños del cortijo, libres para robar y delinquir. Aquí los únicos que dimiten, unas veces justamente y otrs no, están en la izquierda.
Gracias y sigue con tu convicción. Un abrazo.