viernes, 1 de mayo de 2009

Sobre cine de barrio en una librería de barrio: tarde en Muga

Hay espacios de y para la cultura que viven y crecen en los márgenes de la ciudad. Que, por ejemplo, en Madrid, maduran lejos del Círculo de Bellas Artes, o de La casa encendida, o de la red de infraestrucutras que, en el centro, o en el eje Prado-Recoletos (el Prado, el Thyssen, la Biblioteca Nacional) ofrecen la flor y nata de la cultura no solo de la ciudad, sino del país. Esos espacios, por los que yo tengo una especial querencia, están en los barrios periféricos, viven como desconocidos complementos de los de la ciudad central y son posibles gracias al esfuerzo de cientos de seres anónimos que aman la pintura, la poesía, la narrativa, la música, el cine. Centros culturales de distrito, universidades populares de pueblos del cinturón industrial, asociaciones de vecinos, centros de educación de adultos, bibliotecas locales... Ahí, en esos espacios que pocas veces aparecen en los periódicos, también vive y bulle la cultura: desde la más depurada y compleja hasta la más popular y accesible. También en las librerías de barrio, en esas "cuevas" donde los libros parecen instalar su infantería para tomar al asalto (un asalto blando, apacible, casi amoroso) las estanterías de las casas más humildes y en las que, gracias al empeño de unos pocos, la venta de libros es una parte más de un amplio abanico de dedicaciones: conferencias, debates, lecturas de poemas, presentaciones de libros, cuenta cuentos, teatro infantil, talleres de pintura...
Viene todo esto a propósito de mi experiencia del pasado 24 de abril, viernes de tiempo tornadizo y colofón de "San Cervantes" (que, como todo el mundo sabe, es el 23). Fue en una librería de Vallecas, en la Avenida Pablo Neruda. Su nombre: MUGA. Entré en ella sólo con la intención de echar una ojeada a las novedades de poesía y de novela y me encontré con algo que no esperaba: una charla, acompañada de imágenes, de Bartolomé Salas titulada "El otro cine de barrio: dignificando el cine español". Formaba parte de una actividad más vasta y diversificada que suele organizarse cada año bajo la etiqueta genérica "Vallecas calle del libro" en los aledaños del día del libro. Este año, por lo que pude comprobar cuando el librero me entregó el cuaderno con el programa , se ha dedicado a "Literatura y cine". Había un público amplio y diverso. Una parte sentado, otra de pie, que casi ocupaba la mitad del espacio de la librería (que no es demasiado pequeño, todo hay que decirlo). Empecé a escuchar de manera desatenta, mientras hojeaba (y ojeaba) algunos libros recién aparecidos y, a los pocos minutos, Bartolomé Salas me había enganchado.
Si: allí se contaba la otra historia del "cine de barrio", el reverso de la que nos suele contar una conocida actriz en TVE cada sábado. El cine resistente, transformador que se hizo durante la guerra civil. El cine que, en los años cuarenta, se coló por los intersticios de la censura para mostrar un país desolado, hambriento, sin libertades. El que, en los cincuenta, pusieron de relieve los directores, entonces jovencísimos, que iniciaban su carrera: Bardem, Berlanga, Basilio Martín Patino, Saura, Mario Camus y un largo etcétera. También se reflexionó sobre el cine de los sesenta, sobre el de la transición y sobre el que, en los ochenta, comenzo a mostrar un país en mutación (Almodóvar al fondo). Pero, sobre todo, se aportó la otra mirada: la no oficial, la crítica, la que, quizá sin tener conciencia de ello, contribuyó, desde las catacumbas de la dictadura, a construir la sociedad emergente que surgiría después de Franco. Bartolomé Salas, con las imágenes que iban irrumpiendo en la pantalla de su ordenador y con un verbo cercano, sin tecnicismos ni alambicamientos, me hizo vivir la otra cara de nuestro cine. Y me
llevó a visitar las galerías de mi memoria sentimental y cultural más entrañable: recordé, allá por los años 1972 y 1973, el cine-club que pusimos en marcha, sorteando censuras y amenazas de cierre, en un club juvenil en la UVA de Hortaleza, o el que, cuando acabó con él la autoridad competente, organizamos, un grupo de iluminados e iluminadas (os abrazo a todos, ya más que maduros, desde esta ventana de Internet), en el centro parroquial del barrio de Portugalete, entre Arturo Soria y el barrio de Canillas. Sí, allí cultivamos la parte más noble de nuestra conciencia con Plácido, o con El cochecito, o con Calle Mayor, o con Muerte de un ciclista. Sí: era nuestro cine de barrio en el barrio. Lo descubríamos como quien descubre el reverso, el otro lado del cine que, precedido por el No-Do, nos mostraba el régimen en las salas más frecuentadas de la ciudad.
Mientras escuchaba a Bartolomé Salas. Mientras veía las imágenes que llenaban la pantalla que tenía frente a mí, la librería Muga se enriquecía, en mi imaginación, con todas las salas de barrio en las que se forjó una parte de la cultura de varias generaciones comenzando por la mía. Gracias al menguado colectivo de libreros y libreras de Muga, todos jóvenes y apasionados (como debe ser) del libro y de la literatura, se va forjando, poco a poco, un "contenedor" (vaya palabro) de actividades culturales, de devoción por todo lo que signifique cultura, en un lugar apartado de los altares conocidos de siempre, de los templos que se levantan en el centro de Madrid. Avenida de Pablo Neruda (no sé el número, pero está cerca de la Asamblea de Madrid, en la acera de enfrente), en Vallecas, en uno de los bloques que, en los últimos años ochenta y en la primera mitad de la década de los noventa se levantaron para dignificar la vida cotidiana de los primeros pobladores de la zona: los emigrantes (por cierto, protagonistas de buena parte del "otro cine de barrio" que nos mostró Salas) que llegaban del campo y que, noche tras noche, como flores de luna (título de un espléndido documental de Juan Vicente Córdoba sobre la historia del Pozo-Entrevías), levantaron las casas de las Palomeras Altas y Bajas, de Entrevías, del Pozo. Fue una tarde hermosa. Gracias a los chicos/as de Muga, que están llevando a cabo una labor impagable.
Cierro esta entrada emulando a otros maestros (y maestras) del blog: invitándoos a escuchar la letra y la música de un cantautor de Vallecas: Luis Pastor. La canción es Soy, una hermosa reivindicación de las raíces de un "chico de barrio" que llegó, hace mucho, de un lugar de Extremadura a construirse la vida en el Madrid del desarrollismo. Pinchad aquí: SOY.

6 comentarios:

Gabriel Ramírez dijo...

Me haces recodar momentos especialmente emocionantes de mi niñez.
Como eres un pelín mayor que yo (mala suerte, creo que tienes la edad de mi hermano mayor), yo andaba corriendo detrás de los de vuestra edad para aprender, para comprender lo que estaba pasando, lo que otros chavales no querían saber porque los padres sentían miedo o desidia. Mientras, vosotros volábais delante de los grises.
Y agarrado de la mano de los muchachos luchadores, con ideales claros (dónde habrá quedado eso en la universidad actual), iba aprendiendo cosas que parecían salir de un mundo luminoso, atractivo hasta el dolor. Descubrí en los libros que la vida puede ser una gran mentira si limitas tu existencia a lo que te ofrecen sin preguntarte antes qué es eso. En el cine podía ver algunas cosas que ya iba asumendo (es verdad que con menos claridad, supongo que por la edad y por la censura que eludían con tanto problema).
En definitiva, aprendí a elegir por mí mismo. Pensando.
Hoy los niños asumen lo que les dicen en la televisón, leen poco y mal, no tienen hermanos con ideales claros porque no saben ni lo que es eso.
Manuel, me gusta mucho leerte. Mis lectores me dicen lo mismo. Ya les animo a que dejen sus comentarios aquí y no en mi cuenta de correo.
Un abrazo fuerte.

Manuel dijo...

Gracias, Gabriel. Hace una semana, en Soria, con motivo de la feria del libro de la ciudad, estuve leyendo poemas (compartiendo mesa con Amalia Iglesias) en el viejo casino de la ciudad. En la tertulia posterior, algunos asistentes al acto preguntaron sobre la persistencia en mis poemas de un mundo periférico, de los barrios extremos. No me acuerdo cómo respondí pero sí de que medité después bastante sobre una de mis manías: me gusta pasear por esos barrios habitados de seres anónimos, me gusta caminar por los polígonos industriales cuando no hay trabajadores, me gusta tomar café en una de esas tabernas que, milagrosamente, se mantienen abiertas los domingos por la tarde porque atienden a una pequeña clientela de empleados en turno de fin de semana.... Y me gusta ese cine de barrio al que aludo en la entrada porque en él, en el fondo, es posible ver, la evolución de la ciudad en que he nacido. Es posible ejercitar una memoria que se intenta enterrar.

Manuel dijo...

Por cierto, Gabriel, se me olvidaba: gracias por tus comentarios y me alegra que te guste leer estas meditaciones al filo de la literaruta y de la vida.

Gabriel Ramírez dijo...

No solo a mí me gusta por aquí. Mis lectores también lo hacen y les agrada mucho lo que nos vas contando. Son tímidos. Ya irán dejando aquí sus comentarios. Tiempo al tiempo.

Pepo Paz Saz dijo...

Manolo ¿sabes dónde puedo ver el documental completo de Juan Vicente Córdoba?

Manuel dijo...

"Flores de luna" es un magnífico documental. Yo tengo una copia en DVD (perfectamente legal) que, cuando pueda verlo de nuevo, te la paso. Incluso podemos quedar a verlo juntos. De todas formas, te recomiendo, también, una hermosa película de Juan Vicente Córdoba, titulada "Aunque tú no lo sepas", una historia de amor nacido en la adolescencia que se desarrolla entre los desmontes del barrio de Entrevías y los aledaños del Instituto Cardenal Cisneros, en Noviciado (Madrid). Toma nota. Gracias por tu comentario.