viernes, 29 de mayo de 2009

Papelerías, por ejemplo


Papelerías. ¿No desata, el mero nombre, un universo de evocaciones? Las hay funcionales, modernas, en las que la informática, los consumibles y otros productos vinculados a las nuevas tecnologías, determinan su carácter: un carácter frío, distante, huidizo. Las hay cercanas. Al mundo de las emociones más íntimas y a los colegios e institutos: se llenan, cuando los alumnos abandonan las aulas, de adolescentes, de niños a punto de adolescencia, de madres que sueñan y multiplican sus destrezas conciliando trabajo y famlia, de algún padre despistado y de un soñador despistado, a la busca de presas para sus escritos, como yo.
Papelerías. Olor a goma de borrar (casi siempre MILAN) y a tinta. A tiza y a pubertad (ese olor extraño y envolvente en el que el sudor se mezcla con el perfume y con el olor de papel guardado en la mochila). A madera de lápiz hecha viruta y a grafito molido. Lugar de gozo por ese escaso tiempo que delimitan obligaciones familiares o laborales. Las cajas de clips, los estuches, los rotuladores de colores inverosímiles. Los rollos de cello. Las mochilas rendidas al pie del mostrador y al pie de sus dueños recién salidos del colegio. Los libros de texto, olorosos todavía a tinta y a papel satinado. Los tubos de pintura, extraños habitantes que han llegado a ellas por despiste: son los primos hermanos de bolígrafos, estilográficas, lápices y rotuladores que un buen día accedieron a la papelería porque alguno de sus propietarios pensó también en equipar a los artistas incipientes del colegio de al lado o a los alumnos tardíos de la escuela de adultos más próxima, empeñados en acudir en busca del tiempo perdido y de la añorada juventud a través de la pintura.
Papelerías. Las de mis horas de solitaria holganza. Las de mis entrehoras más gozosas: las del desayuno, las de después del almuerzo, las de algún sábado despistado, las de las tardes de algún viernes confuso. En ellas vive una parte de mi infancia y no pocas emociones de mi adolescencia. En ellas viven, como seres a punto de exclusión, algunos libros: los best sellers, los libros de recetas de cocina, los libros infantiles, alguna guía turística, libros de autoayuda para arreglar almas, los clásicos que piden en la escuela, editados en Austral, o en Castalia, o en Cátedra. Los comics. Las novelas juveniles ilustradas. Los cuentos de hadas y de brujas. Los cuentos.
Papelerías. ¿Por qué esta querencia? Recuerdo ahora una entrevista a Joan Manuel Serrat realizada por un periodista del que no retuve mentalmente el nombre. En ella, el cantautor confesó, como pasión secreta, como vicio oculto, su amor a las papelerías, su debilidad ante la posibilidad de perder el tiempo examinando los más extraños archiperres, buscando nuevos instrumentos de escritura, cuadernos especiales para escribir canciones (muy especiales tienen que ser, por cierto). Papelerías del otoño en la vieja ciudad. Habitadas por viejos a punto de jubilación o por jóvenes inexpertas que harán soñar a los más jóvenes del Instituto más próximo.
Papelerías de barrio. Entrañables amigas para días de lluvia y devociones. Papelerías casi siempre anónimas o con nombres mucho menos sofisticados que los que se otorgan, por sus dueños, a las librerías. Modestas tiendas un escalón por debajo de las tiendas de libros. Comercios añosos en la calle del Pez o de la plaza de Ópera. Refugio donde el barrio imagina un futuro de gloria literaria y de tertulias.
Papelerías de barrio. Fotocopias. Rollos de plástico para forrar libros. Bolígrafos de cuatro colores. Llaveros con escudos de ciudades. Posters. Estilográficas. Libros olvidados durante décadas en una estantería de difícil acceso. Reglas, cartabones, juegos de compás.
Papelerías. Confieso mi delito: uno de mis placeres más cultivados es entrar, solo, en una de ellas y con todo el tiempo por delante. Perder las horas revisando materiales, oliendo materiales, evocando experiencias infantiles a través de los olores (Proust y la magdalena, ya sabéis), del tacto, de la imaginación.
Papelerías, en fin, papelerías.

3 comentarios:

Gabriel Ramírez dijo...

Sí, yo también tengo cierta tendencia a visitar papelerías. Antes de entrar ya tengo inventada una necesidad (minas de grafito, un nuevo bloc o tinta para la pluma). Y no dejo de mirar las cosas nuevas. Lo que era un tubo ingobernable cuando yo era niño es ahora un frasco con aplicador, ergonómico y no sé qué más cosas. Una delicia mezclarse entre chavales para serlo un poco.

Manuel dijo...

Ya ves que hay manías y obsesiones que muchos compartimos. Recuerdo que hace muchos años llegué a pensar que no había mejor destino en la vida que abrir una papelería cerca de un colegio. Era el sueño pequeñoburgués del hijo de familiar obrera y vencida: trabajo tranquilo y seguro entre objetos anclados en la infancia. Un sueño literario también. En fin...

Hipatia de Alejandría dijo...

Las papelerías... yo quisiera volver a sentir aquel olor del forro tela de araña, que así le llamábamos en Argentina a los forros para nuestros cuadernos infantiles, allá por los '70. Los había en tres colores: rojo, azul, verde; y los había de dos tipos: los brillantes (cubiertos por una leve pátina de microfilm), y los opacos, que casi no olían.
La verdad es que no soy una habitué de las papelerías -que por mis latitudes se llaman "librerías" o, más bien, mercerías- y SIEMPRE tenían aquellos forros de tela araña...
¿Aquí los hay? Creo que los he visto también, pero no estoy segura. Y las etiquetas.
Buenos recuerdos. :)