jueves, 16 de abril de 2009

UN PARÉNTESIS ROMÁNICO

Antecedentes

Hubo un tiempo en que me enamoré de la Historia del arte. Fue en el paleolítico inferior, cuando, a principios de los setenta del pasado siglo, tuve la fortuna, como alumno de COU en el turno de noche de un instituto de barrio, de dar con un magnífico profesor (Carlos Fradejas se llamaba: si los dioses de Internet le permiten leerme, ahí le dejo el mensaje y la oportunidad de conectar con su agradecido y deslumbrado alumno de entonces). Aquel profesor, que charlaba a deshora con jóvenes que trabajábamos como asalariados durante el día, me dio a leer uno de los libros que más me han marcado a lo largo de mi vida: Historia social de la literatura y el arte, de Arnold Hauser (en tres hermosos tomitos, editorial Guadarrama). La lectura de aquel texto me ayudó a acercarme al misterio del arte, a los secretos de la estética y a los resortes que, en el sustrato de la vida social, económica, sentimental incluso, de cada etapa histórica, conducen a la producción artística en una dirección u otra. Gracias a aquel libro, especialmente a la lectura de los capítulos dedicados a la Edad Media (sobre todo el titulado "Feudalismo y estilo románico"), pude vivir esa extraña experiencia consistente en tener la sensación de haber sido habitante de ese tiempo. La Edad Media me absorbió durante algunos años. Leí todo lo que caía en mis manos y visité, con Esperanza, los más hermosos templos románicos de la geografía española. La austeridad y el despojamiento de los templos (nos gustaba imaginar el policromado que desapareció bajo los encalados anti-epidemia), la frontalidad algo näif de los retablos y frescos, las dimensiones, a la medida de los seres humanos, de las iglesias, los arcos de medio punto, los bajorrelieves.... Algo respiraba allí que no respiraba en el gótico, ni en el arte renacentista, ni mucho menos en el rococó, que me hablaba de alguna pulsión íntima e inexplicable. Supe de la labor entre artesanal y artística (o viceversa) de los monasterios, del trabajo de las logias, de la organización social de las ciudades, del desvalimiento de los siervos de la gleba, del misterio que envolvía la vida de la mujer.
Escribió Hauser: "En el arte se abre paso, junto al formalismo y al abstraccionismo estereotipado, una tendencia emocional y expresionista". Continúo yo: tras el rigorismo formal, tras la tendencia a la abstracción de las seres contemplados en su frontalidad cuasiprimitiva, latían las incertidumbres de la época, un expresionismo contenido por la dominación pero, a la vez, desbordado en la sutileza que sólo ve quien tiene una especial sensibilidad para ello. Tras la apariencia de quietud, hay movimiento, vida.

El hallazgo

Ese apasionado aprendizaje dejó en mí una querencia que se mantiene por encima del paso de los años. Consiste en buscar ruinas románicas, en sorprender, en templos y construcciones posteriores, los sillares, los muros que fueron origen de una primera "versión" del templo y que se remontan a la Edad Media, al románico. En esa búsqueda había también una dosis de fantasía: imaginaba que en algún lugar remoto de la región de Madrid podía encontrar, alguna vez, un templo románico en el que nadie había reparado. ¿Hay en Madrid arte románico? Parece que sí aunque sea muy difícil afirmarlo con rotundidad. Deambulé por carreteras perdidas, crucé aldeas, caminé por las afueras de los pueblos en pos de las ermitas menos frecuentadas... Hasta que un día, visitando una comarca fronteriza (la del Sorbe, en la Guadalajara prealcarreña, limítrofe con Madrid) me vi en un pueblo llamado Beleña de Sorbe donde (¡a menos de 80 kilómetros de Madrid!) se levanta un templo románico "de libro". Como una anticipo de las tierras de Hita y Sigüenza, mucho más alejadas de la capital. Como una extraña aparición. La encontré en 1983, o en 1984. Desde entonces no he vuelto por allí. Por las fotografías a las que he podido acceder, la iglesia de Beleña está bien cuidada (incluso puede haber sido rehabilitada o restaurada). En estos días, después de comprobar cómo el arte románico puede cobrar nueva vida gracias a la labor artesanal de una artista del siglo XXI (o a la labor artística de una artesana), entrevista en las fotografías del blog iconos medievales, he sentido la necesidad de volver a Beleña, de recobrar las viejas sensaciones, de vivir de nuevo la perturbación inexplicable que la piedra algo dorada de un muro hendido por ventanas con arcos de medio punto y relieves con figuras humanas hieráticas, sorprendidas en un gesto de asombro, puede provocar en mí. Si alguien piensa que exagero, que me dejo vencer por la belleza con que el paso del tiempo dota a nuestros recuerdos, que acceda a la página del enlace que sigue: http://www.astragalo.net/guadalajara/belena.htm . Hablamos

1 comentario:

Pepo Paz Saz dijo...

Claro, Manuel. El románico rural del norte de Guadalajara no es más que la continuación de ese arte en la Extremadura castellana (Soria, Guadalajara y la alcarria y serranías conquenses). Por cierto, hace poco más de diez días visité el antiguo monasterio cisterciense de San Zoilo, en Carrión de los Condes (Palencia), uno de los cenobios más poderosos que medraron durante siglos a la vera de ruta francesa a Compostela. Pues bien, desde hace sólo tres meses se puede ascender por una estrechísima escalera de caracol que había permanecido oculta durante más de 300 años hasta el campanario principal. Los trabajos han sacado a la luz una oculta capilla románica. Y no es menos sobrecogedora la portada primitiva del templo románico, también recuperada hace poquísimos años tras haber permanecido oculta siglos por las sucesivas reformas y ampliaciones del conjunto monástico. Nos comentaron incluso que con la ayuda de un georadar se había detectado la posición excata de los sepulcros de los condes de Carrión, en el subsuelo de la iglesia. Todo envuelto en un magnífico halo de misterio...