lunes, 27 de abril de 2009

"El gato gris", rincón del arte en el páramo de Velliza: José Noriega

Sábado de frío y viento en Valladolid, en el molino de José Noriega y Rosa, hablando de arte, de poesía, de política, de amigos comunes y de proyectos a compartir. Esperanza y yo los conocimos hace un año, con motivo de la feria del libro de Soria, durante un almuerzo multitudinario (o no tan multitudinario, seríamos 20 ó 25 personas) en un día especialmente frío y lloviznoso. José se retiró, hace ya muchos años, a Velliza, un pueblecito de no más de 50 habitantes, donde restauró un viejo molino y lo convirtió en hogar, en estudio, en taller, en espacio para el sueño, en paraíso del arte, en nido de amor. José Noriega fue obrero del metal en los años duros, bajo la dictadura de Franco. Entonces, se enamoró de Rosa, la estudiante insumisa (y comunista) de la época que acabaría siendo profesora de matemáticas en un instituto de enseñanza secundaria. Noriega y Rosa son felices en el molino, han construido allí un territorio hermoso, cálido, acogedor, uno de esos espacios que uno suele identificar con la felicidad... Y, aunque parezca cursi decirlo, con el amor. Sí: José llama a Rosa "mi novia" y la relación entre ambos tiene mucho que ver con la autosatisfacción de quienes han logrado construir un mundo en el que arte y sentimientos se mezclan y enriquecen.

José Noriega es un artista plástico informalista, un grabador magistral y un editor como el que todo poeta ha soñado alguna vez tener. Su editorial, El gato gris, radicada en el molino de Velliza, ha dado a luz hermosísimas obras de arte sustentadas en la imagen y en la palabra. Juan Carlos Mestre, Antonio Colinas, Francisco Pino, Miquel Martí i Pol, entre otros muchos, han sido "premiados" con la atención editorial de José Noriega. En estos días anda empeñado en la edición de un hermoso texto en prosa de José Jiménez Lozano con magníficos grabados salidos de su tórculo y de su minerva. Y, por supuesto, de su imaginación.

Velliza y El gato gris viven en el páramo. Allí, en el viejo molino restaurado, José Noriega es dueño de todo el proceso editorial, lo goza plenamente, vive de él y ha hecho de la generosidad una norma y un principio. He de confesar que he sentido algo parecido a la envidia al recorrer las distintas habitaciones de la casa, al contemplar las obras, firmadas por artistas universalmente reconocidos, que colgaban de sus paredes, al contemplar/descubrir sus trabajos del último momento, su taller, su "cocina" de artista, las obras a medias, la minerva... ¡Ah, la maravillosa minerva hija de un tiempo de impresores vocacionales y artesanos! ¿Envidia de qué?, se preguntará el lector. Pues de algo tan sencillo como su valentía para tirar por la calle de enmedio, construir la vida al margen de la gran ciudad, dedicar todas sus horas al arte (de creación, como artista plástico, y de edición, como editor artístico). José, Rosa, Esperanza y yo salimos, despúés de comer, al campo. Caminamos hasta la ermita situada a un kilómetro del pueblo, paseamos, después, por sus viejas calles, y vivimos esa sensación no por difusa menos honda consistente en saberse absorbido por un mundo apasionante.

José Noriega lleva tiempo invitándome a entregarle un puñado de poemas, o de textos en prosa, para hacer uno de sus maravillosos libros/obras de arte. Lo haré, seguro, pero cuando tenga la plena seguridad de haber escrito algo que esté a la altura de su inmensa creatividad como editor, como artista, como grabador. Hasta que ello ocurra, gozaré del único libro de El gato gris al que, en mi casa, tengo acceso: es de Antonio Colinas y José Noriega y su título es hermoso donde los haya: Donde la luz llora luz. Un poema manuscrito de Antonio y varios hermosísimos grabados de José que me atrevo a reproducir en esta entrada.











Ha sido un sábado hermoso e intenso, de los que no se olvidan. Cuando, a última hora de la tarde, nos despedimos de Rosa y de José a la entrada de la estación de ferrocarril de Valladolid, tuvimos la seguridad de que si algo puede emparentarse con la felicidad había sido el día que estaba a punto de concluir. Gracias, José. Gracias, Rosa.

3 comentarios:

Iconos dijo...

Amigo, tu relato sobre la visita del sábado me ha encantado. Has sido capaz de trasladarme al salón de ese viejo molino remozado a admirar, transparente, los trabajos de José. Sólo una precisión: en un momento dices que puede sonar cursi vincular un espacio con la felicidad y ...con el amor. Los sentimientos nunca son cursis. Pueden ser injustos, no correspondidos, grandes, inútiles, desmedidos, profundos, pero nunca ridículos. Y en ese nido de imaginación y creatividad, tus palabras delatan grendes dosis de amor en cada detalle. Un saludo.

Al margen dijo...

Tienes razón. Sin duda, los sentimientos nunca son cursis, pero todos somos herederos de una educación sentimental determinada. Yo puedo hablar de amor en un poema, o en una novela. Sin embargo, al hablar de la realidad, al describir una experiencia como la vivida en el refugio de "El gato gris" (por cierto, en el molino hay una gato gris oscuro maravilloso), tengo la sensación de que utilizar la palabra amor es una forma de cursilería. Sobre todo cuando me refiero no a mi sentimiento, sino al de dos personas ajenas a mí que pueden sentirlo o no. Los transmiten, eso sí. ¿Amor en cada detalle? Sensibilidad, quizá.
Saludos.

Gabriel Ramírez dijo...

Pues pecaría si no reconociera que siento envidia yo también. Son pocos los que viven como desearon en algún momento.
Magnífica crónica, Manuel.