jueves, 8 de enero de 2009

OTROS NIÑOS "DISFRAZADOS DE MAYORES"

Javier Marías publica un sugerente artículo en su sección "La zona fantasma" de El País Semanal titulado "Disfrazados de mayores". Es difícil estar en desacuerdo con su contenido puesto que recrea un encuentro, cuatro décadas más tarde, con quienes fueron sus compañeros de colegio. Alude, con ello, a su infancia y adolescencia en los años cincuenta y sesenta. A la infancia y adolescencia -y ahí es donde nace mi reflexión- de un sector minoritario de la sociedad de entonces. Niños y púberes del colegio Estudio, aquel centro privado, impulsado por Josefina Aldecoa, con una meritoria vocación laica, institucionista, que acogió, sobre todo, a los hijos de sectores dominantes y profesionales de prestigio de aquella sociedad marcada por el franquismo. Yo soy casi coetáneo de Marías, acabé, como él, el bachillerato superior (así se llamaba entonces) en 1968 en un colegio también privado, aunque sin el aura del colegio Estudio y tras haber cursado el bachiller elemental en uno de los llamados entonces "colegios de piso" en el antiguo pueblo de Hortaleza, un barrio en la periferia de aquel Madrid en blanco y negro en el que el silencio, la humillación y las cárceles llenas de presos políticos y de conciencia eran la norma. En el relato de Marías aparecen ilustres apellidos vinculados al Madrid notable y, en no pocos casos, acomodado y con poder. Y los niños "disfrazados de mayores" que celebran su fiesta cuarenta años después del fin del bachillerato son descritos del siguiente modo: "Allí nadie podía ser un farsante y no había ministra ni escritor que valieran, ni médico, arquitecto, abogado, ingeniero, periodista o psiquiatra".


Sin duda, el artículo invitaba a la evocación de cada lector, a indagar en su propia memoria. Yo lo hice en la mía (que es, creo, la de la inmensa mayoría de quienes éramos adolescentes, en España, en 1968) y pensé que si reuniera a mis compañeros de colegio cuarenta años después habría, seguramente, algunos con brillantes profesiones vinculadas a títulos prestigiosos. Poquísimos. Quizá podría contarlos con los dedos de una mano. Porque sólo una minoría pudo acceder a la universidad, porque casi todos, tras el bachiller, se buscaron trabajos de toda índole para ayudar a la familia o para edificar su propia vida: administrativos, bancarios, mecánicos, dependientes de comercio, funcionarios del grupo C, carteros, delineantes, mujeres "con la pata quebrada y en casa"... Yo llegué a la universidad, por supuesto. Pero lo hice después de buscarme la vida de administrativo de banca (obligado por la menguada economía familiar), yendo al turno de noche de un instituto primero y al mismo turno de la Facultad después y combinando trabajo y estudios. De quienes nos buscamos la vida de ese modo, fui de los pocos que llegó a la universidad y terminó la carrera. Por tanto, si hoy nos reuniéramos quienes compartimos bachillerato en aquel tiempo, el panorama profesional al que me enfrentaría sería muy otro del que describe Javier Marías. Ni mejor ni peor. Muy distinto. Sería el reflejo de la España de entonces. Una España muy distinta a la realidad del "cogollito" que en la novela Romanticismo, Manuel Longares nos describió con acierto, ironía y causticidad. Era la España de obreros de la construcción, de carpinteros, pequeños comerciantes, trabajadores industriales, chupatintas de toda índole y modestos funcionarios, una España en la que la mayoría de las casas carecían de biblioteca familiar, incluso de libros que pudieran adscribirse a la literatura de aquel tiempo, en la que los barrios crecían en la periferia alimentándose de una emigración interior que venía del campo y de la miseria, una España en la que en los barrios no centrales era difícil encontrar un instituto, en la que la enseñanza pública era sinónimo de menesterosidad o beneficencia... Cierto que sería una experiencia hermosa intentar el reencuentro: pero, con alguna excepción, sería el reencuentro de un grupo de seres anónimos que, en buena parte de los casos, quedaron en el camino del colegio a la universidad para alimentar la maquinaria económica del desarrollismo. Habría algún arquitecto, algún médico (uno), un escritor y crítico.... pero la mayoría vendrían del territorio en sombra del anonimato, de ese lugar que ocupan quienes maduran y envejecen ante una mesa de oficina, ante un torno, ante el teclado de un ordenador (que fue, antes, máquina de escribir o calculadora mecánica), en la cadena de montaje de una fábrica, al otro lado de la ventanilla de un banco o de una caja de ahorros, o de una estafeta de correos, quizá en la placidez dudosa de un hogar como ama de casa dedicada a "sus labores"... Todos ellos (nosotros) éramos hijos, en términos literarios, de los personajes anónimos que habitaban los barrios humildes de las novelas de Ignacio Aldecoa, del Sánchez Ferlosio de El Jarama, de Juan Marsé, de Armando López Salinas, de Manolo Vázquez Montalbán, de Antonio Ferres o de López Pacheco. Los que refleja Marías en su artículo lo serían de los que, en las ciudades (Barcelona y Madrid sobre todo) de aquella España, vivían en los espaciosos pisos del Ensanche o del barrio de Salamanca y aledaños, tenían casa en la playa o en la montaña, contaban con biblioteca familiar y propiedades diversas y habitaban en las primeras novelas de los Goytisolo, de Carmen Laforet, del García Hortelano de Tormenta de verano, o en las magníficas memorias que, con una mirada crítica sobre su propia clase de origen, no hace mucho ha publicado Esther Tusquets con el título Habíamos ganado la guerra (Bruguera, 2007)

3 comentarios:

saroide dijo...

Qué interesante pertenecer a una generación que ha visto cambiar tantas cosas. Habéis vivido de manera vertiginosa. De esas calles de Madrid caóticas y faltas de infraestructuras, y "en blanco y negro", como dices, a la veloz era de Internet. ¡Un saludo!

Francisco Pérez Andrés dijo...

Estimado Manuel,

El colegio Estudio fue promovido por tres mujeres, Jimena Menéndez-Pidal, Carmen García del Diestro y Ángeles Gasset, allá por el año 40 (por cierto, ayer cumplió 69 años). En este artículo se reseña un documental recién estrenado sobre la historia del colegio Estudio: http://www.elpais.com/articulo/educacion/Progresismo/tiempos/Franco/elpepusocedu/20090119elpepiedu_7/Tes
El colegio promovido por Josefina Aldecoa, de una orientación pedagógica muy similar a la de Estudio, fue Estilo, si no recuerdo mal.

Saludos cordiales,
Francisco

Manuel dijo...

Estimado Francisco:
En efecto, tienes toda la razón del mundo. He confundido el nombre del colegio. En todo caso, además de la similitud en la orientación pedagógica, había también una composición parecida en cuanto al origen sociológico de los alumnos. Creo por ello que eso no modifica mi reflexión de fondo.
Eso sí dejo claro que el colegio Estudio no fue fundado por Josefina Aldecoa.
Gracias por la ayuda y un abrazo.