miércoles, 17 de diciembre de 2008

ENTREVÍAS, TORRELAGUNA, EL SENTIDO MARAVILLOSO DE UN OFICIO


Vivir, aunque sea, como es el caso, lateralmente el mundo literario no deja de ser una oportunidad para acumular experiencias de toda índole, en muchas ocasiones contradictorias. Todas, sin duda, enriquecedoras, dignas de ser vividas (desde la recepción de un premio hasta la devolución, por una editorial, de una novela) aunque no siempre los escritores estén -estemos- preparados para procesarlas. Las que refiero a continuación son de las que dan sentido a la literatura, de las que sirven para vivir el oficio de escritor con la humildad y la voluntad de aprendizaje que todo oficio realizado con pasión y sin soberbia requiere. Van de talleres literarios o lecturas, van de encuentros con lectores, de descubrimientos.
ENTREVÍAS Y EL RECUERDO DE DULCE CHACÓN
Hace un par de semanas, invitado por la dirección del Centro de Educación de Personas Adultas del barrio de Entrevías, acudí a un encuentro con los alumnos. Era un día frío, casi nevadizo, de diciembre y las calles de ese barrio lleno de resonancias y evocaciones de un tiempo de desolación, de luchas y de empeños colectivos (hermosa y emocionadamente recogidos, por cierto, en dos películas de Juan Vicente Córdoba, Aunque tú no lo sepas, y el casi inédito documental, más centrado en el Pozo del Tío Raimundo, Flores de luna) y lo último que podía apetecerle a quien ha terminado una complicada jornada laboral era desplazarse al barrio que a lo largo de décadas creció más allá de la vía del ferrocarril que une Atocha con los pueblos del corredor del Henares. Quizá hoy no deba llamarse extrarradio, pero a mí me gusta denominarlo así. Pues bien, allí, en el CEPA de Entrevías, presentado por Rosa, una profesora de educación física que lleva años animando las actividades literarias, leí poemas, hablé con las alumnas -porque alumnas eran la inmensa mayoría- de los misterios que entraña el acto de leer, de libros imprescindibles, de los vínculos entre la literatura y la vida, del sentido de la literatura en un barrio como Entrevías y en el siglo de Internet. Allí estaban las mujeres que en tantos barrios periféricos de Madrid dan vida a los centros culturales. Mujeres que se han reencontrado con formas de vida colectiva, de acceso a la cultura, de convivencia con una conciencia crítica que en principio sólo había sido intuición, puro instinto de supervivencia. Mujeres que han aprendido a duras penas a hablar en público, a leer poemas, a saberse parte activa de la sociedad, que se asombran y conmueven cuando escuchan a un poeta leer sus versos, que en una fase no temprana de su vida empiezan a construirse un mundo lleno de promesas. En Entrevías cité a Sánchez Ferlosio, a Joyce, a Carmiña Martín Gaite, a Blas de Otero, a tantos otros escritores cobijados, en volúmenes archisobados o recientemente desempaquetados, en la biblioteca del centro. Y, sobre todo, cité a Dulce Chacón. No porque estuviera en el discutible canon de los escritores imprescindibles, ni porque se presentara, aquella tarde, algún libro suyo. La cité porque la última vez que, antes de aquella lectura, estuve en ese centro fue en 2003, en primavera, acompañando y presentando La voz dormida, el hermoso canto de Dulce a las mujeres que sobrevivieron a duras penas en las cárceles de la posguerra. Todas recordaban aquel encuentro y yo reviví aquellos momentos de conversación en los que una Dulce marcada por su experiencia en el Bagdad que había visitado meses antes, un Bagdad que en aquella misma tarde estaba siendo bombardeado gracias al empeño del trío Aznar-Bush-Blair. Fue una tarde llena de emociones, de amor por la literatura, en la que lo último que podíamos pensar era que Dulce, a la vuelta de sólo un par de meses, se vería envuelta por el manto cruel, implacable,de la enfermedad que nos dejaría sin ella.
Yo estaba en Entrevías, con la gente que ha visto cambiar el barrio, con las mujeres que han comenzado a saberse, también, protagonistas de su vida y de su mundo, y sentía que la literatura, y la poesía, y el debate y la reflexión sobre el valor de la palabra, merecían la pena y eran mucho más que una suma de complejas fórmulas de laboratorio, que la obra concebida con criterios elitistas, que la pura teoría al margen de todo lo que vive y sueña. Y pensaba que las calles que se extienden en mis poemas, y los amores crecidos en parques apartados y en cafés perdidos en avenidas próximas a las vías de un viejo ferrocarril, o en la proximidad de antiguos polígonos industriales, o en la desolación acompañada por multitudes de un hipermercado, eran, también las calles de Entrevías.
Cuando dejé el Centro, ya de vuelta a casa, pensé en la carga evocadora (con sentido) que respiraba al otro lado de mi presencia en él. Pensé en nombres como Palomeras, el Pozo, Moratalaz, el Alto del Arenal, Vallecas Puente y Vallecas Villa, San Blas, Orcasitas.... Barrios que viven y sueñan en los márgenes de la ciudad, que han cambiado mucho desde el tiempo en que fueron sinónimos de libertad, de inconformismo, motores de cambio y transformación, telón de fondo de una literatura, sobre todo de una narrativa, hoy relegada, que tuvo en nombres como Armando López Salinas, o Antonio Ferres, o Jesús López Pacheco, o Ignacio Aldecoa, o García Hortelano, o el Martín Santos de Tiempo de silencio, sus más certeros exponentes.
TORRELAGUNA: TARDE-NOCHE EN LA BIBLIOTECA

Pequeña ciudad del Madrid no industrial, de un Madrid que es agrícola aunque la industria le ronda del mismo modo que le rodean las montañas de la sierra norte. Viernes de intenso frío, prólogo de un fin de semana de nieve y carreteras cortadas. Allí me llevó la pasión lectora de un grupo de mujeres vinculadas a la Asociación Letras de la sierra norte y la intermediación de Nuria García Aranda, la bibliotecaria. Hablamos de técnicas narrativas, de cómo se hace una novela, de las diferencias entre el poema, el relato y la narración larga, de las fórmulas para trasladar al papel, mediante la palabra, las emociones, de las servidumbres del trabajo en ordenador... Y hablamos también de la amistad, del protagonismo de las montañas que se alzan al norte del pueblo en mis novelas y en mis poemas, en mi libro viajero Por la sierra del agua. De la honda identificación con esa sierra de todas y cada una de las participantes en el taller literario. Sentí que estaba ante un microcosmos apasionante: un mundo, crecido en la lateralidad de un pueblo a cuarenta kilómetros de Madrid, en el que un grupo de personas amantes de la literatura, intentan vivirla con intensidad, algo nada fácil en el Madrid acelerado en que resido. La edición periódica de una revista, Cartapacio; el cultivo de distintos géneros, incluso el teatro, un teatro medievalizante que intenta recobrar la historia de Torrelaguna y de los pueblos, todos centenarios, que, en algunos casos semihabitados, sobreviven en la sierra norte; el mantenimiento de una tertulia y la celebración de encuentros con escritores, ponen de relieve que lo que vivimos los autores que, por las razones que sean, publicamos en editoriales conocidas o en diarios de ámbito nacional, gozamos del reconocimiento crítico o sufrimos su desdén y participamos en cursos de verano, desconocemos que al otro lado de nuestro narcisismo, en la zona que ocupan cientos de lectores anónimos apasionados y cientos de escritores vocacionales sin nombre, vive también, y de qué manera, la literatura.
Volví, en noche cerrada, a casa mientras pensaba que escribir, vivir la poesía, y la narración, incluso la disección, a través de la crítica, de la obra ajena, tenía un sentido más hondo y verdadero gracias a la docena de mujeres que había dejado a la puerta de un café próximo a la biblioteca Juan de Mena de Torrelaguna. El telón de fondo de algunas de mis novelas, ese paisaje extraño, con amplias zonas deshabitadas, que se inicia en ese pueblo, y que vive en La mujer muerta, en Los filos de la noche, en Trenes en la niebla o en Verano, había cobrado una densidad emocional aún mayor: la que propiciaba el hecho de haber conocido a aquel puñado de lectoras (y escritoras en construcción) tenaces y apasionadas. Gracias.

6 comentarios:

Marisu dijo...

¡Qué hermoso y real y literario es todo esto que cuentas!
Ayer volviero a hablarme, aquí en Ourense, de como les había gustado tu libro Verano.Me hizo muy feliz saber que había acertado regalándolo, porque habían captado toda su belleza y sentido y te habían conocido.Como escritor , claro.
Estimado Manolo: aunque las Navidades me entristecen y quisiera olvidarlas, no me permito dejar de desearos a los amigos y amigas-cualquiera que sea el grado- que os resulten lo más agradables y felices posible.Un abrazo dese mi tierra.María Jesús

NUR dijo...

Hacer vivir la literatura y propiciar el microcosmos que has conocido no es fácil en un entorno rural de no ser por la magia que ella misma encierra.
Como te dije, a veces, el sueño se hace realidad.
Gracias a tí, Manuel.

Manuel dijo...

A Maria Jesús, mi gratitud por tus generosos juicios sobre mi novela "Verano". Hay en ella mucho de memoria, muchos sentimientos enconcontrados y, sobre todo, una voluntad clara de hacer buena literatura. Mi abrazo y mis mejores deseos en lo personal y en lo literario para ti en el año que empieza. Manuel Rico

Manuel dijo...

Estimada NUR (precioso seudónimo):
uno tiene la impresión de que el mundo literario empieza y acaba en Madrid y en Barcelona junto con cuatro o cinco capitales de provincia (Córdoba, Oviedo, Málaga, Valladolid...) y ya está. Sin embargo, cuando visito pueblos más o menos alejados de esas capitales y participo en actos culturales, me doy cuenta de de que hay un mundo literario en paralelo (en mi entrada en el blog lo llamé microcosmos y me alegra que tú lo llames así también) construido por hombres y mujeres (más mujeres que hombres, todo hay que decirlo) que viven con pasión la magia (hago mía tu calificación) de la literatura. Pero esas iniciativas no surgen por generación espontánea. Siempre hay alguien que actúa a modo de impulso, de acicate, de "agente promotor". En Torrelaguna, el papel de NUR, creo, es esencial. Estoy seguro de que en muchos rincones de nuestro país, personas como tú, que viven y gozan la magia de la literatura, juegan el mismo papel. Los escritores, cuando gozamos de cierto reconocimiento, tendemos a olvidarnos de que hubo un tiempo en que, en un pequeño rincón de algún bar de nuestro barrio, o de nuestro pueblo, cuando empezábamos, compartíamos con otros jóvenes (o no tan jóvenes) esa pasión literaria que sorprendí en la biblioteca Juan de Mena. Que fuimos anónimos. Que intentábamos salir a la luz en pequeñas revistas. Que nos sobraba entusiasmo y nos faltaban medios. "Quien pierde la memoria, pierde identidad", decía el cantautor Raimon. La velada literaria del 12 de diciembre me hizo recobrar aquella memoria. Y me dejé contagiar por vuestro entusiasmo. Insisto: gracias.

Jorge García Torrego dijo...

Qué pena no haber estado ese Viernes y haber entrado, de nuevo, en aquel microcosmos en que entraba cada dos semanas. De todos modos, gracias.
Un torrelagunense

dondirindon dijo...

Hoy mi hija es casi adolescente. Cuando era bebé, el libroforum del viernes por la tarde en la biblioteca, era mi fiesta. La biblioteca de Torrelaguna fué y sigue siendo el servicio cultural más veterano, coherente y vivo que he podido disfrutar, y que sigo disfrutando. Lo considero generador de calidad de vida. Un lujo que nos merecemos. Un estímulo permenente, una sorpresa contínua.
La que cerró el Taller de escritura y el año 2008, habita en nuestra memoria reciente. Un encuentro cercano con Manuel Rico, con sus libros, con su sensibilidad de poeta, su oficio de escritor, su humanidad.
Gracias Nuria y gracias Manuel. Seguro que el 2009 nos aportará más jornadas plenas de vida vivida, contada, o soñada...
Ner.