miércoles, 10 de septiembre de 2008

Los barracones del campo de trabajo de "Trenes en la niebla"

Baltasar Garzón, acertadamente, ha producido una nueva convulsión en las mentes más conservadoras de nuestro país. Con su iniciativa dirigida a poner nombre, apellidos y culpables a las decenas de miles de desaparecidos durante y después de nuestra guerra civil, lejos de abrir heridas, abre la posibilidad de que comiencen a cerrarse las miles de heridas que, durante más de setenta años se ha mantenido abiertas. Hay quien opina que no es necesario promover una iniciativa de esa índole. Casi siempre, esa opinión viene de la derecha, de quienes, por activa y por pasiva, se sienten (aunque no lo confiesen) herederos del franquismo y reciben cualquier iniciativa en favor de la verdad como una ofensa a ellos mismos. Suelen decir que la transición cerró las heridas. Pero no hay más que visitar un pueblo al azar de cualquier rincón de nuestro país para darse cuenta de que sólo el esclarecimiento de la verdad, el conocimiento del destino de los desaparecidos y, en su caso, la exhumación de sus restos para ser llevados a una digna sepultura, puede cerrarlas.


Visitar, sí, cualquier pueblo e intentar hablar con el viejo tabernero, con el dueño de la tahona, con los concejales más maduros o con cualquiera de sus habitantes de edad avanzada (y no tan avanzada) de la guerra civil y de los desmanes cometidos en la posguerra nos ilustra de manera demoledora sobre el estado de las heridas: no están cerradas. Los vencedores, tradiores a un régimen constitucional, republicano, tuvieron cuarenta años para exhumar y dar honor a sus desaparecidos. Los vencidos sólo tuvieron humillación, silencio y.... miedo. Sí: miedo. Lo digo con pleno conocimiento de causa. Yo viví esa experiencia durante la escritura de mi novela Trenes en la niebla. Visité algunos pueblos de la sierra norte, del valle del Lozoya, interesado en reconstruir la vida cotidiana en el campo de concentración (llamado "destacamento penal") de Garganta de los Montes. Pregunté a los más viejos. Incluso a personas más jóvenes, que habían heredado la memoria rota de sus mayores en el núcleo familiar. El silencio, referencias borrosas e inseguras o la excusa del desconocimiento fueron las respuestas en la casi totalidad de los casos. En otras entradas de este blog me he referido a los campos de trabajo que Franco instaló a lo largo de la actual vía del ferrocarril Madrid Burgos. Mostré fotos del estado actual de los barracones de Bustarviejo. Pues bien: no pocos amigos y lectores, incluso jovenes estudiosos de la posguerra procedentes de otros países, sobre todo de Francia y de Italia, se han interesado, profundamente sorprendidos, por el campo de trabajo de Garganta de los Montes. Querían documentos gráficos, fotografías de los restos de los barracones. Consciente del interés que tiene, para hoy y para el futuro, no perder esa memoria, una sábado del pasado mes de agosto, me dirigí al pueblo y, sabedor de la ubicación de los barracones donde se hacinaban los presos, me acerqué, cámara en ristre, al lugar. Están a la entrada del pueblo llegando desde Madrid, a la derecha, muy cerca del camino que lleva al viejo (y destruido) apeadero del ferrocarril. Uno de ellos ha sido casi subsumido por un pequeños bloque de viviendas de dos plantas. Otro, es una ruina aunque reconocible. Y el tercero, con usos de garaje, o almacén de aperos de labranza o algo parecido, muestra casi intacta su estructura exterior: ventanas circulares con rejas, gruesos muros, techumbre medio derruida: al hacer las fotografías, varios vecinos que trabajaban cercadel edificio se quedaron mirándome entre sorprendidos e incómodos. Yo, sin embargo, sentí que estaba haciendo un servicio a nuestra memoria. Y pensé, con una emoción difícilmente controlable, que en el interior de aquellos edificios penaron más de 500 presos: convivieron con la enfermedad, con durísimos trabajos físicos, con el hambre y con la muerte. El silencio de quienes me veían fotografiar el barracón prolongaba otro silencio: el de cientos de habitantes de Garganta, y cientos de habitantes de los pueblos de los alrededores, que durante más de cuarenta años, por razones que desconozco entre las que no cabe descartar un miedo cultivado en el terror de la represión de posguerra, no han querido contarlo.