lunes, 15 de octubre de 2007

La memoria histórica y los parajes olvidados

A la izquierda, la foto muestra las ruinas de una vieja edificación en la sierra norte de Madrid. En concreto, se trata de una antigua casa en Gargantilla del Lozoya. Restos parecidos puede encontrar el viajero en numerosos pueblos de ese vértice norte de Madrid en el que ha crecido buena parte de mis poemas y en el que al menos dos novelas, La mujer muerta (2000) y Trenes en la niebla (2005), encontraron los parajes más adecuados para construir sus argumentos. Digo "encontraron" porque las sentí nacer y crecer como extrañas agregaciones de mi experiencia de esos paisajes que sobreviven, milagrosamente a salvo de la especulación y de la fiebre urbanizadora que afecta al gobierno del PP de la Comunidad de Madrid, en una geografía visitable en cualquier momento desde la capital de España. Ése es su encanto, ése es el magnetismo que sobre mí, como escritor y como ciudadano, despiertan. Conviven, en un estado similar al de hace décadas, con una ciudad vecina que crece sin cesar, que aspira a ser paradigma de las nuevas tecnologías, de la industria audiovisual, del desarrollo cibernético del siglo XXI. En el valle del Lozoya y en los recodos ocultos de viejísimos caminos de la sierra norte nos aguardan casas abandonadas, viejas casetas de peones camineros sin uso, estaciones semiderruidas, pequeños huertos regados por cauces de manantiales ocultos en la montaña, bosques sin término que sólo han visitado, alguna vez en la vida, ciertos expertos en el arte del montañismo, senderistas curiosos y este escritor de pasiones cercanas y devoción por la memoria personal y colectiva.

Y hablando de memoria colectiva: en estos parajes, mientras escribía Trenes en la niebla e intentaba acopiar testimonios sobre la vida cotidiana en unos pueblos cercanos, casi vecinos a un campo de trabajo en el que, entre 1945 y el final de la década de los cincuenta, estuvo recluido un promedio de no menos de 500 presos políticos forzados a la construcción del trazado del ferrocarril Madrid-Burgos (al que llamaban "directo"), pude comprobar hasta qué punto es imprescindible la Ley en la que en estos días anda empeñado el gobierno y empecinados en cargársela los líderes de la oposición. El miedo, casi 70 años después del final de la guerra, forma parte del comportamiento cotidiano de las gentes de esos pueblos. El campo de concentración era conocido como "el destacamento", algunos vecinos lo recordaban, otros tenían una vaga idea de que algo hubo "al lado de Garganta de los Montes", pero nadie me dio detalles, nadie me contó su experiencia o la de otras gentes del lugar. Sólo el viejo alguacil de ese municipio, ya jubilado, que, con una frase, despertó mi interés hace cuatro años y, quizá, puso la primera piedra del edificio que andando el tiempo sería mi novela: "Yo era un chaval, pero veía subir a los presos, vestidos con andrajos y en pleno invierno, pisando la nieve, hacia el pueblo para escuchar misa. Porque los obligaban a ir a misa aunque no creyeran...", me dijo. Después, cuando en diciembre de 2005 presenté la novela en un pueblo próximo, lo invité al acto de presentación pero prefirió no aparecer. Le llevé, a su casa, un ejemplar dedicado. No pude entregárselo. Lo recibió su mujer con la promesa de entregárselo y de convencerlo para que me llamara. Y ahí terminó el asunto. El hecho es que desde entonces nada he sabido de mi confidente. ¿Leyó la novela? ¿Ha sido amenazado? No lo sé. Una losa de silencio borra un episodio humillante, doloroso, inadmisible e inasumible de la historia de estos pueblos, de nuestra Historia.

Junto a Garganta de los Montes, sólo el resto de uno de los barracones habla hoy de aquel pasado de ignominia. No sus habitantes. No la historia oficial del pueblo (gobernado, por cierto, por un alcalde del PP). Hablan las piedras y hablan los documentos existentes en el archivo histórico de Alcalá de Henares. Y habla el libro Esclavos por la patria que, hace menos de un lustro, publicó el periodista Isaías la Fuente. En él afirma que ese campo formó parte de un conjunto de "destacamentos penales" que concentraban miles de presos y que estaban instalados a lo largo de la vía del ferrocarril que construían. Fue, afirma Isaías la Fuente “uno de los más nutridos de cuantos se emplearon en todo tipo de obras, con una media de 500 presos. (...). En la construcción de esta línea los presos levantan estaciones, socavan túneles, construyen puentes y viaductos, abren trincheras y tienden las vías. Fue, si consideramos las estadísticas oficiales de accidentes, uno de los trabajos más duros y peligrosos de los que realizaron los presos”

Al lado de las ruinas del barracón debería levantarse un monolito, o una placa bien visible desde la carretera en la que se recordara la existencia de aquel campo de trabajo y se homenajeara a los presos que allí sufrieron penalidades sin límite. Pues no la hay. Sólo hay silencio, un insultante silencio que flota de un extremo a otro del Valle. Sólo eso habla a las claras, con contundencia, de la necesidad de la Ley. Sobre todo, si pensamos que hubo, como ese campo, más de un centenar en toda España. Llenos de hombres sin derechos, desprovistos de su dignidad, de su pensamiento, de su integridad física, de su ideología... Aunque los llevaran, obligados, a misa todas las mañanas y aunque la Iglesia les diera su bendición.

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