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| Visión desde el aire del polígono Julián Camarillo en Madrid |
Me gusta pasear por ellos, ver los bares cerrados (en alguna ocasión, he encontrado alguno abierto y no he podido resistir la tentación de entrar en él y tomar un café) y los restaurantes de menú suspendidos en un paréntesis. De vez en cuando, se advierte la presencia de un pequeño bloque de viviendas, una construcción anacrónica, casi provocadora, en la que me gusta imaginar que viven pequeños empresarios con nave en la zona, o trabajadores de las fábricas próximas. Para ellos, el domingo es el día de la tranquilidad en el polígono, el día del paseo, de la contemplación de naves e industrias en letargo.
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| Anuncio, lleno de encando, de la moto Vespa. Años 60 |
Y recuerdo, sobre todo, cómo, casi desde la adolescencia, mi imaginación ha vinculado esos espacios de industria y desempleo a determinada literatura crítica: Günter Grass, Kafka, novelas de los narradores del cincuenta, sobre todo del Ignacio Aldecoa más urbano, de Juan García Hortelano, de Armando López Salinas, a los poemas de Ángel González, de Gabriel Celaya, de Blas (sólo hubo un Blas), de José Agustín Goytisolo... Y, cómo no, a cierta narrativa procedente de la Italia neorrealista de los años cincuenta: Moravia, Pavese, Vitorini... Tampoco la pintura se ha librado de ese afán de mestizaje evocador: Antonio López tiene algunos lienzos memorables sobre ese Madrid periférico e industrial. Y mi viejo amigo Carlos Morago, sin duda, cuyo tratamiento de esos espacios, casi siempre hundidos en la soledad, aparece filtrado por un sutil tamiz que nos recuerda a Turner.
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| Madrid. Oleo sobre lienzo de Carlos Morago |
Mi poesía tampoco es ajena a esa realidad durmiente: tantos paseos en soledad por sus calles abandonadas temporalmente, tantos recuerdos de pequeños rincones olvidados que, entre nave y nave, muestran algún apunte de una naturaleza primitiva --solares con higueras y descuidada hierba en la que brillan, de vez en cuando, botes vacíos de cerveza, cristales rotos que antes fueron botella o búcaro, oxidados recipientes de metal que alguna vez contuvieron sardinas o bonito en escabeche--. Entre esas experiencias hay una recurrente: el atardecer del domingo, un domingo de otoño de fuerte viento y olor a lluvia, en el que un hombre camina contra el viento atravesando la soledad industrial del polígono mientras vuelan, sin rumbo, restos de periódicos, bolsas de plástico, hojas, papeles inútiles....
En todos mis libros siempre ha habido al menos un poema cuyo origen está en esas experiencias. Aquí os dejo un fragmento del que apareció en Quebrada luz (Ferrol, Esquío, 1996), titulado Luz extinguida:
El humo
extendía su gasa
de miedo y desconcierto sobre las factorías
y en el ojo tejía su red y su emboscada
la ciudad industrial, la tierra promisoria
que alguna vez soñamos.
Al humo acostumbramos la voz y la mirada.
Eran años de tinta,
de oculta podredumbre, de deseos sin límite.
Sabedlo hoy, muchachas de cristal
nacidas en la luz, en su extensión sin niebla y en sus calles
altas de claridad y de palabra,
hechas como el domingo para el sueño.
¡Qué ciudad la vuestra tan distinta
de la que vio el declive sin tregua de la luz,
de la que fue obligada
a contemplar la vieja claridad
hundida en el silencio de todas las derrotas!






