Hace unos días, por la mañana, entré en el dormitorio de mi hijo a cerrar la ventana antes de salir de casa (en el fondo, es una habitación para todo: allí estudia, trabaja, escucha música, ve cine, navega por Internet, piensa, a veces come, sueña, se rebela, ama y se entristece, se alegra a veces, ríe, quizá llore). Es un cuarto en el que, en un desorden ordenado, duermen objetos de la más diversa naturaleza: en sus paredes, cuelgan algunos de sus óleos del tiempo anterior al comienzo su vida universitaria, decenas de dvds con películas de toda índole, desde Truffaut hasta los clásicos del cine mítico de Hollywood, libros de literatura (novelas, sobre todo novelas, desde Kerouac a Juan Marsé, libros de arquitectura, de filosofía, de Erich Fromm al teórico del arte Ernst Fischer, de sociología, apuntes, muchos apuntes, cientos de folios escritos o impresos con planos de lo más diverso, cartulinas de gramaje distinto para hacer maquetas, cables infinitos, lápices, bolígrafos, rotuladores de punta fina, fotografías de chicas a las que conozco de haberlas visto alguna vez por casa, una agenda de pared, escrita a mano, con las tareas semanales, libretas con sus bocetos, con sus dibujos, semillas de lo que algún día, quizá, sean óleos, o proyectos... Es su mundo, un mundo al que me suelo acercar con prevención y con mala conciencia, pero en el que, sin quererlo, reconozco al joven que fui. Eso sí: mucho más formado, más consciente, con un bagaje cultural infinitamente superior al que yo (nosotros, E y yo) teníamos.
En ese desorden, que a veces me enerva sin razón y que a veces me parece maravilloso, está la propia confusión de la edad, la encrucijada de caminos con que nos enfrentamos a la vida en un momento decisivo de nuestra formación cultural, educativa, sentimental. Con retraso, he visto mi propia encrucijada cuando yo tenía 21 años, he recobrado mi crisis de identidad en aquel tiempo, el dilema gravísimo de entonces: no sabía qué hacer, dudé entre magisterio y la nada, y al final E (nunca se lo agradeceré lo suficiente), entonces novia, me ayudó a encontrar un sendero: periodismo, carrera que comencé a esa edad imposible que hoy tiene mi hijo. Después, vino la poesía que había tanteado de adolescente, la novela, el ensayo... la literatura.
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| La Dehesa de Gargantilla en verano |
Recordé sus quince, dieciséis o diecisiete años: su madurez quizá prematura, su tendencia a preguntarse por el sentido de la vida, por el lugar que ocupamos en el mundo, por la utilidad de cuanto hacemos. Y recordé una experiencia muy hermosa, en la que creo que advertí que el niño del tirachinas había crecido, había empezado a madurar: fue un domingo de invierno, por la tarde, en que fuimos juntos al cine (no íbamos desde que era muy pequeño, aquellas salidas al cine en las navidades de los nueve, diez, once años, películas de Walt Disney, de dinosaurios, de"power ranger"). Aquella vez, emboscadas inevitables de la edad, no elegí yo la película, no fui yo quien tomó la iniciativa, sino él. Aquella tarde, quizá sin pretenderlo, mi hijo fue una reencarnación del padre: fuimos a una sesión de media tarde del cine Victoria a ver una gran película, El viento que agita la cebada, de Ken Loach. Era en 2006, cuando mi hijo tenía diecisiete años y comenzaba su vida universitaria. Han pasado cinco, el está casi al final del camino de la carrera que inició entonces y yo lo contemplo con admiración y confusión.
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| Sin título. Óleo sobre lienzo. Fragmento. José Manuel Rico |
Solía ocurrir algunas tardes:
cuando la voz de tabaco suspendía en la casa
el sueño sin relojes de un padre hecho cansancio,
me llegaba esa luz insuficiente
que adquiere la madera al llenarse de tiempo.
En esa luz opaca, olorosa a barnices,
yo crecí sin saber que en los muebles de casa
florecía la noche y no sólo la vida,
que la luz que otorgaba
memorias vegetales a sus vetas oscuras
hablaba de destrezas, de manos y de sueños,
trocaba los ocultos deseos de mi padre
en una realidad utilitaria.
Crecí con esa luz de infancia y de madera.
Todavía conservo
la vieja librería. Al contemplarla
sorprendo a veces
la herida de un fulgor. Quizá se trate
del temblor de su mano, de la antigua destreza
que se impuso a la muerte y nos vigila.
(Del libro Quebrada luz. El Ferrol, 1996)





