Antes de iniciar la entrada, informo del cambio de foto de portada. Es una paraje invernal con arco iris en un lugar del valle donde me refugio. El título, "Junto a Gargantilla". Fue tomada en marzo de 2005. Es decir, antes de que el blog "Al margen" naciera. Se la dedico a todos mis pacientes lectores.
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A veces, hay circunstancias que te llevan a los lugares en los que fue la vida en una edad lejana. Las obras en casa, esa servidumbre que cada cierto tiempo se desploma sobre nosotros, nos han obligado a vivir, durante unos días, en la casa de un familiar próximo, en otra casa, en otro barrio de Madrid. Digo otro barrio pero, en el fondo, se trata de mi barrio: sí, de ese del que he hablado en algunas de mis entradas, en el que que viví a partir de los 12 años, de ese escenario, casi siempre invernal (¿por qué?, me he preguntado algunas veces), que de vez en cuando aparece en mis poemas o en mi obra narrativa, sobre todo en Los filos de la noche (1989), en Una mirada oblicua (1995) o en El lento adiós de los tranvías (1992): la UVA de Hortaleza. Un barrio descuartizado, irreconocible, en el que, entre espacios libres que comienza a poblar el matorral y el cardo, se levantan nuevos bloques de viviendas en los que se alojan los antiguos residentes y donde sobreviven, todavía, deteriorados, a punto de demolición, algunos de los viejos bloques de dos plantas y terraza corrida.
Y he recuperado el viaje en autobús desde ese barrio a la plaza de Cibeles. Mi mirada ha vuelto al paisaje urbano que discurre a lo largo de López de Hoyos. Todo ha cambiado: nada permanece fiel a mi recuerdo, a la memoria de aquel escolar que soñaba con ser algún día escritor, que vivía y estudiaba a la sombra de un padre carpintero, de una izquierda entre lo clandestino y lo asustado, y de una madre apenas visible. Han desaparecido los cines (el Pinar, el Covadonga, por un tiempo, filmoteca, el López de Hoyos, el Ciudad Lineal, el Hortaleza…), las viejas casas que aún respiraban los aires de un posguerra tardía han sido suplantadas por nuevos bloques, el pinar del Rey, un pinar acostumbrado a las meriendas y a las excursiones que llegaban del centro de Madrid, a las modestas fiestas veraniegas de tortilla y pick-up, ha sido cercado por el hormigón, el parque nuevo de las primeras fiestas de Distrito, oh caseta del PCE, la celebración de la primavera en el barrio con la Asociación de Vecinos (reproduzco, foto en blanco y negro, como una reliquia, la imagen de aquella fiesta remota), noches de tinta y sueño hasta la madrugada, se ha consolidado, los árboles han crecido hasta convertirse en gigantescas masas vegetales y las curvas donde López de Hoyos descendía hasta el Abroñigal ha sido sustituidas por el puente metálico sobre la M-30 que enlaza Ramón y Cajal con Concha Espina.
Todos llevamos un acarreo de momentos, felices o menos felices, vinculados a escenarios urbanos o a paisajes rurales. En este viaje en autobús he recobrado la memoria muerta de los últimos tranvías de Madrid, el despertar del amor entre los pinos de la Ciudad Lineal, el reparto de periódicos clandestinos en una calle apartada en la trastienda de la colonia de los taxistas (no he olvidado a aquellos hombres, trabajadores de la construcción, de artes gráficas o de banca, que recibían su ración de Mundo Obrero sobreponiéndose al miedo y soñando con un mundo nuevo que la realidad se encargaría de convertir en quimera), los merenderos donde bailábamos las canciones entre horteras y pegadizas de Karina, de Los Diablos, de Los Sirex y… cómo no, de Los Brincos y de los ya universales e inconmensurables Beatles, la sucursal del banco de mis primeros años laborales…
Sé que esa memoria no es sólo mía: es colectiva, de mi generación. También sé que los escenarios que cruza el autobús que une Hortaleza con Cibeles son parte de algunas novelas de Juan José Millás, sobre todo de El jardín vacío y de El desorden de tu nombre. Pero también son parte de la conciencia de quienes, perteneciendo a generaciones posteriores, la han hecho suya a través de lecturas, de libros y poemas. Pero en estos días, esa memoria colectiva la he sentido más mía y más honda. Porque estoy siendo testigo del paso del tiempo sobre los lugares que fueron míos, sobre las calles que cada mañana, a través de la ventanilla del autobús, intento reconocer.
Nunca como estos días he recordado un poema que escribí hace tiempo y que formó parte de La densidad de los espejos (1997), “La advertencia”. Reproduzco los cuatro primeros versos:
Me avisaron: no
vuelvas a las calles
que fueron tuyas
alguna vez. Te morderá una sombra.
ASESINOS
Cuando doy por finalizada estas notas, me llega la noticia. ETA asesina a dos guardias civiles en Palma de Mallorca. El asco y la ira no pueden vencer, en mi mente, a la razón y a la inteligencia. Tenemos que acabar con ellos: la democracia, que es la razón de la mayoría y el sustento de todo humanismo, terminará por vencerlos. Con toda seguridad. Mi dolor, mi calor, mi solidaridad, mi palabra, que es lo único que tengo, vayan para los familiares y amigos de las víctimas. Y mi repulsa absoluta, mi condena, para los asesinos.
Nuestro barrio se extendía en la periferia norte de Madrid. Lo llamaban barrio de la UVA de Hortaleza y había sido construido por el Ministerio de la Vivienda de entonces para acoger a los habitantes de los barrios de chabolas, entre los que mi familia se encontraba. No eran viviendas mucho mejores que las casitas bajas que las excavadoras derribaron, tenían carencias de todo orden (la nuestra medía 40 metros para cinco de familia) pero eran nuevas. Allí vivíamos aquel mes de julio.
La 

"No hay nada más bello / que lo que nunca he tenido, / nada más amado / que lo que perdí", escribió y cantó Joan Manuel Serrat. Tal vez sea algo parecido a ese sentimiento lo que me ha llevado estos días a evocar con una intensidad creciente mis días de Sidney.
O la noche en que cantaba Sole Giménez (la ex de Presuntos Implicados) en una sala del Opera House, cuando la calma del aire dejó paso a un viento súbito y comenzaron a llegar, por encima de las grandes torres, nubes oscuras, nubes húmedas y veloces, nubes que el sol iluminaba de pronto de una manera extraña, de tal modo que parecía que se incendiaban las azoteas más altas (ver primera foto de la entrada, no he sabido situarla más cerca de esta zona del texto) antes de que el cielo se ennegreciera, y se anticipara la noche y comenzara a diluviar mientras caminábamos bajo los inmensos soportales que preceden al Opera House.