Australia era el mundo inalcanzable al que, en los años sesenta, se referían mis amigos de pupitre y barrio cuando contaban las más hermosas historias de la emigración. Sí: digo hermosas porque la mayoría de aquellas historias eran dramáticas, duras. En Alemania, en Francia, en Bélgica o en Suiza, nuestros emigrantes se hacinaban en cuchitriles, vivían condiciones laborales enormemente duras, tenían que construir la nueva vida desde los cimientos, casi desde la nada. Sin embargo, cuando mis amigos hablaban de parientes más o menos lejanos que habían optado por Australia, construían un mundo que tenía connotaciones de paraíso. Hablaban de barrios residenciales con grandes espacios verdes, de paisajes de horizontes inabarcables, de tierras feraces por conquistar, de suelo barato, de “regalos” del gobierno para poblar territorios deshabitados, de playas vírgenes, de animales extraños, casi imposibles, que no existían en ninguna otra parte del mundo.
De modo que crecí con ese sueño heredado, o transferido por mis amigos. Y sobre ese sueño fui construyendo otros, haciendo acopio de mapas y guías, buscando en ellos respuesta a preguntas que surgían de la simple visión de su geografía física: ¿cómo era su desierto? ¿Y la costa norte, un territorio casi deshabitado? ¿Y la costa oeste? ¿Y la pequeña ciudad de Perth? ¿Y la imposible ciudad de Alice Springs, en pleno corazón del continente y centro urbano de un desierto interminable? A todas esas preguntas se añadían las hermosas connotaciones de los nombres de algunas de sus ciudades y estados, palabras que acariciaban el oído y se mostraban llenas de sugerencias: Adelaida, Canberra, Melbourne, Territorio del Norte, Nueva Gales del Sur, Sidney…
Sydney: un mundo próximo y lejano a la vez
Sí. Siempre mantuve ese sueño en algún recodo de mi inconsciente. La aventura irrealizable, la utopía que nunca se alcanza. Sin embargo, he tenido la fortuna de adelantar ese sueño con motivo de la inauguración del Instituto Cervantes en la ciudad de Sidney. He podido, con la compañía y el magisterio de Isidoro Castellanos y Sonia, el director del Cervantes y su esposa, tomar contacto con una ciudad tan acogedora como llamativa. Modernidad y vanguardia despuntando en los rascacielos y en su arquitectura-símblolo, el Opera House, mezclados con las edificaciones originarias de los primeros asentamientos occidentales, compuestos de cuerdas de presos, de peligrosos convictos que habrían de convertirse en el fermento de la nueva nación. La deslumbrante naturaleza de una región húmeda, con verdes que llegan al mar, y playas de arena blanca y finísima, de aguas transparentes, casi provocadoras de tan azules, playas que se relacionan, con una amistad extraña, con los grandes rascacielos de cristal y acero, con el inmenso puente metálico (el Sidney Harbour Bridge) que hace de la bahía de Sidney una suerte de testimonio prematuro de la arquitectura industrial de los años 30. Ciudad europea y ciudad mediterránea a la vez. Y norteamericana. Y británica. Ciudad proyectada hacia el mar y, a la vez, asomada, al Oeste, a las Blue Mountains, un paraje de grandes bosques de eucalipto y montañas rocosas que esconden lugares jamás pisados por el hombre. Ciudad que sabe del desierto, de la tierra roja que ocupa la corona interior del continente, del país, de la isla. Ciudad que, con sus puentes y su sabia mezcla de arquitecturas, es metáfora de todo un continente.
Cuatro días pateando Sidney, recibiendo el sol avasallador y la lluvia súbita, el viento frío de su primer invierno y la niebla de las montañas azules, las horas apacibles de sus terrazas al mar y el mundo interior y oscuro de alguno de sus más emblemáticos bares, paseando sus playas (de Bondi, pasando por Manly, a Balmoral) y caminando por los senderos que bordean sus acantilados.
Su literatura: un desafío personal para el futuro
Cuatro días en los antípodas en los que no he dejado de pensar en la literatura y en algun escritor amigo y querido. He pensado en la literatura porque tuve la fortuna de compartir una mesa redonda sobre el estado de la literatura española actual con el escritor, profesor e hispanista Roy Boland. Porque de la avidez que mostró el público por conocer las obras últimas de los escritores españoles y latinoamericanos más recientes (y no tan recientes) no tardé en pasar a la avidez propia por conocer la literatura australiana, esa gran desconocida. Si prescindo de Morris West, o de Patrick White, mi ignorancia es casi absoluta. Conocer su mejor poesía de los últimos treinta años, su narrativa más apegada a la realidad australiana ha sido una de las tareas que me he impuesto para el futuro. Y una joven periodista de EFE, Monica Garriga (corresponsal en la ciudad y yo diría que en todo Nueva Gales del Sur), se ha conjurado conmigo para hacerme llegar libros recientes de los mejores poetas y narradores australianos. Mientras tanto, me aferro a la historia de la literatura universal que dirigió José María Valverde para Planeta y me zambullo en lo poco que se recoge relacionado con Australia (y Nueva Zelanda) en ella. El misterio de la infancia, el sueño de aquellos primeros años 60 ha comenzado a hacerse realidad.
Cuatro días inmensamente cortos, una millonésima parte de lo que hubiera deseado vivir en sintonía con mi sueño: allí quedan algunas personas que me harán familiar Sidney y Australia (y su literatura). Isidoro y Sonia, Monica, cuya conversación antes de escuchar a Sole Giménez en Opera House fue brillante e ilustrativa, Roy Boland, del que hablaré en próximas entradas, Pilar Ballesteros, subtituladora en español para la televisión australiana e infatigable defensora de nuestra lengua, Cynthia Fernandez Roich, Esther Lozano, periodista y fotógrafa free lance, Sonia Martínez Muñoz, periodista descubridora de un pueblo australiano llamado Cervantes -y con blog: pincha aquí-, y los trabajadores (trabajadoras sobre todo, son mayoría e inmensa: Marisa, Nadia, Gori y Rodrigo) del Cervantes.
Manolo: el amigo, el poeta. Parada en Bagkok.
Fue al final de la mesa redonda, cuando entre el público surgió su nombre: “no se ha referido a Manuel Vázquez Montalbán… ¿qué opinión le merece su obra?”, dijo una mujer de edad madura. No era así. Me había referido a él, pero quizá muy de pasada, como si quisiera conjurar una verdad terrible: allí, en Sidney, participó en su último acto literario. Sentí un extraño vacío. Manolo tenía también el sueño de los antípodas. Los pájaros de Bangkok o Los mares del sur son títulos de novelas en los que se refleja, de una manera viva, ese sueño. Pero también lo vivió en la poesía, en esos textos en los que el informalismo y una mirada compasiva se mezclaban con una concepción totalizadora de la lírica de la experiencia. Su dos últimos libros de poemas, sobre todo Pero el viajero que huye, fueron escritos, casi en su totalidad, en los aviones. Volando sobre el Pacífico, o sobre el Mar de China, o sobre el Golfo de Bengala (“dar la vuelta a la tierra / dar la vuelta a las aguas / en un mismo retorno / a la evidencia exacta del espejo sin fondo”, nos dijo), Manolo encontraba en el poema su consuelo y su gozo más íntimo y hondo. Roy Boland me contó lo que desconocía: él y su compañera, no sé si con otros amigos, cenaron con él aquel día de octubre antes de que emprendiera viaje a España vía Bangkok. Me contó que Manolo no quiso cenar nada, que sólo bebió un whisky y que tenía muy mal aspecto. “Mi mujer me dijo que no estaba en condiciones de hacer un viaje de más de veinte horas, que debía aplazarlo, que tenía la cara casi gris”, me dijo Roy Boland (no es literal y espero que Boland perdone si deslizo un error). Horas después, moría en el aeropuerto de Bangkok.
Una muerte que todavía me duele (aquel octubre de 2003, él y yo compartíamos “cartel” tres días después de su teórico regreso para presentar Por vivir aquí, una antología de poetas catalanes que escribían en castellano, algo que tuve que hacer yo sólo en compañía de los poetas antologados, convirtiendo el acto en un homenaje a su memoria) y que he sentido cercana y próxima, como una punzada de dolor, ayer mismo, en la escala en Bangkok en mi regreso de Sidney. Miré la modernidad de aceros y cristal del aeropuerto, su desolación en la madrugada, y pensé en Manolo y en su muerte en soledad y en la frialdad de aquellas salas anónimas. Y lo sentí tan cerca como cuando, hace seis o siete años, discutíamos sobre el sentido de alguno de sus textos inéditos….
Él escribió un poema, doce años antes de aquella fatídica madrugada, en el que parecía grabada la noticia premonitoria de su muerte. Un bello poema con cuyo fragmento esencial cierro esta entrada enorme:
El cartero ha traído el Bangkok Post
el Thailandia Travel
una carta sellada
la muerte de un ser querido
para la muchacha de mi American Breakfast
cada mañana
aunque he pedido mi carta
no estaba
o no me la han dado compasivos
con el extranjero que espera vida o muerte
ignorado en un rincón de Asia




Como poeta, mi estética está alejada de Gamoneda. Probablemente, esté más cerca de la de Benedetti (vease la entrada 
