ENTREVÍAS Y EL RECUERDO DE DULCE CHACÓN
Hace un par de semanas, invitado por la dirección del Centro de Educación de Personas Adultas del barrio de Entrevías, acudí a un encuentro con los alumnos. Era un día frío, casi nevadizo, de diciembre y las calles de ese barrio lleno de resonancias y evocaciones de un tiempo de desolación, de luchas y de empeños colectivos (hermosa y emocionadamente recogidos, por cierto, en dos películas de Juan Vicente Córdoba, Aunque tú no lo sepas, y el casi inédito documental, más centrado en el Pozo del Tío Raimundo, Flores de luna) y lo último que podía apetecerle a quien ha terminado una complicada jornada laboral era desplazarse al barrio que a lo largo de décadas creció más allá de la vía del ferrocarril que une Atocha con los pueblos del corredor del Henares. Quizá hoy no deba llamarse extrarradio, pero a mí me gusta denominarlo así. Pues bien, allí, en el CEPA de Entrevías, presentado por Rosa, una profesora de educación física que lleva años animando las actividades literarias, leí poemas, hablé con las alumnas -porque alumnas eran la inmensa mayoría- de los misterios que entraña el acto de leer, de libros imprescindibles, de los vínculos entre la literatura y la vida, del sentido de la literatura en un barrio como Entrevías y en el siglo de Internet. Allí estaban las mujeres que en tantos barrios periféricos de Madrid dan vida a los centros culturales. Mujeres que se han reencontrado con formas de vida colectiva, de acceso a la cultura, de convivencia con una conciencia crítica que en principio sólo había sido intuición, puro instinto de supervivencia. Mujeres que han aprendido a duras penas a hablar en público, a leer poemas, a saberse parte activa de la sociedad, que se asombran y conmueven cuando escuchan a un poeta leer sus versos, que en una fase no temprana de su vida empiezan a construirse un mundo lleno de promesas. En Entrevías cité a Sánchez Ferlosio, a Joyce, a Carmiña Martín Gaite, a Blas de Otero, a tantos otros escritores cobijados, en volúmenes archisobados o recientemente desempaquetados, en la biblioteca del centro. Y, sobre todo, cité a Dulce Chacón. No porque estuviera en el discutible canon de los escritores imprescindibles, ni porque se presentara, aquella tarde, algún libro suyo. La cité porque la última vez que, antes de aquella lectura, estuve en ese centro fue en 2003, en primavera, acompañando y presentando La voz dormida, el hermoso canto de Dulce a las mujeres que sobrevivieron a duras penas en las cárceles de la posguerra. Todas recordaban aquel encuentro y yo reviví aquellos momentos de conversación en los que una Dulce marcada por su experiencia en el Bagdad que había visitado meses antes, un Bagdad que en aquella misma tarde estaba siendo bombardeado gracias al empeño del trío Aznar-Bush-Blair. Fue una tarde llena de emociones, de amor por la literatura, en la que lo último que podíamos pensar era que Dulce, a la vuelta de sólo un par de meses, se vería envuelta por el manto cruel, implacable,de la enfermedad que nos dejaría sin ella.
Yo estaba en Entrevías, con la gente que ha visto cambiar el barrio, con las mujeres que han comenzado a saberse, también, protagonistas de su vida y de su mundo, y sentía que la literatura, y la poesía, y el debate y la reflexión sobre el valor de la palabra, merecían la pena y eran mucho más que una suma de complejas fórmulas de laboratorio, que la obra concebida con criterios elitistas, que la pura teoría al margen de todo lo que vive y sueña. Y pensaba que las calles que se extienden en mis poemas, y los amores crecidos en parques apartados y en cafés perdidos en avenidas próximas a las vías de un viejo ferrocarril, o en la proximidad de antiguos polígonos industriales, o en la desolación acompañada por multitudes de un hipermercado, eran, también las calles de Entrevías.
Cuando dejé el Centro, ya de vuelta a casa, pensé en la carga evocadora (con sentido) que respiraba al otro lado de mi presencia en él. Pensé en nombres como Palomeras, el Pozo, Moratalaz, el Alto del Arenal, Vallecas Puente y Vallecas Villa, San Blas, Orcasitas.... Barrios que viven y sueñan en los márgenes de la ciudad, que han cambiado mucho desde el tiempo en que fueron sinónimos de libertad, de inconformismo, motores de cambio y transformación, telón de fondo de una literatura, sobre todo de una narrativa, hoy relegada, que tuvo en nombres como Armando López Salinas, o Antonio Ferres, o Jesús López Pacheco, o Ignacio Aldecoa, o García Hortelano, o el Martín Santos de Tiempo de silencio, sus más certeros exponentes.
TORRELAGUNA: TARDE-NOCHE EN LA BIBLIOTECA
Volví, en noche cerrada, a casa mientras pensaba que escribir, vivir la poesía, y la narración, incluso la disección, a través de la crítica, de la obra ajena, tenía un sentido más hondo y verdadero gracias a la docena de mujeres que había dejado a la puerta de un café próximo a la biblioteca Juan de Mena de Torrelaguna. El telón de fondo de algunas de mis novelas, ese paisaje extraño, con amplias zonas deshabitadas, que se inicia en ese pueblo, y que vive en La mujer muerta, en Los filos de la noche, en Trenes en la niebla o en Verano, había cobrado una densidad emocional aún mayor: la que propiciaba el hecho de haber conocido a aquel puñado de lectoras (y escritoras en construcción) tenaces y apasionadas. Gracias.



